Sherry Jones
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Sobre la autora

Aprendí a leer en las rodillas de mi madre cuando tenía cuatro años de edad, y siempre he sido una lectora ávida desde entonces. De niña leía mucho y de forma indiscriminada –la serie de misterio de Trixie Belden, todos los libros de la "Casa de la pradera" de Laura Ingalls, comics de Archie..., y cuando llegué al segundo curso en la escuela supe que quería ser novelista. "Si alguna vez escribes un libro", me dijo un profesor aquel año, "fírmalo con tu nombre para que yo sepa que eres tú."

Cuando estaba en el sexto curso empecé a recibir las lecciones de piano por las que había suspirado desde que tenía seis años, y soñé con ser algún día una concertista de piano.

De adolescente escribí poemas y relatos cortos en mi máquina de escribir eléctrica, y artículos de humor para el periódico de la escuela superior de South Lenoir, en Carolina del Norte. También llevé un larguísimo diario cargado de angustia. Y seguí leyendo: Jane Austen, la "Historia de dos ciudades", Jerzy Kosinski, la Biblia, "El guardián entre el centeno", Ray Bradbury, Victoria Holt, y, sí, "La llama y la flor" de Kathleen E. Woodiwiss, la Madre de todas las bodice-rippers ("desgarra corpiños"), como han llamado algunos críticos a las escritoras de romances históricos con carga sexual. Dejé la escuela superior insegura acerca del camino a seguir. ¿Estudiar periodismo y ganarme la vida escribiendo, o elegir una opción más práctica y segura y estudiar ingeniería? Me decidí por la ingeniería y me inscribí en el colegio universitario público del distrito, descartando matricularme en otros colegios porque no incluían la ingeniería en sus planes de estudios. Pronto descubrí que la ingeniería y yo no estábamos hechas la una para la otra, pero era demasiado tarde y mis padres no podían permitirse enviarme cuatro años a estudiar en una universidad de algún otro lugar. De modo que fui a aterrizar en un empleo como mecanógrafa en mi periódico local, el Daily Free Press de Kinston, Carolina del Norte. Bastaron unas semanas para que mi editor se diera cuenta de que yo era una nulidad como mecanógrafa, pero le convencí de que me diera trabajo como reportera.

Mi padre era militar, y yo había crecido pasando de un destino a otro: Alemania, Texas (donde nací), Nuevo México, Carolina del Norte. De adulta he seguido esa vida itinerante, y he vivido y trabajado en Filadelfia, Montana y el estado de Washington. En Montana he trabajado como reportera durante veinte años, y escrito para casi todos los diarios del estado y, como freelance, para revistas nacionales y regionales incluidas CMJ, Newsweek, Southwest Art, Rider, y varias revistas de agricultura. Hoy trabajo de nuevo como reportera y fotógrafa freelance en el área de Montana e Idaho para BNA, una agencia de noticias internacional con sede en Washington D.C., y en temas femeninos para Women's eNews.

Y he seguido leyendo de forma voraz, pero ya no indiscriminada. "Guerra y Paz", "Ana Karenina", "Los hermanos Karamazov", en mi etapa de literatura rusa. "La mano oculta", "La casa de la alegría", durante mi etapa de literatura femenina del siglo diecinueve. Eudora Welty. Ellen Gilchrist. "The History of Love", de Nicole Krauss. Debra Magpie Earling. Matt Pavelich. Rick DiMarinis. James Welch. Rose Tremain. Susan Sontag. Iris Murdoch. Y, muy recientemente, Salman Rushdie, cuya obra empecé a leer cuando mi libro fue comparado con los "Versículos satánicos". Cada novela que leo de este gran autor hace que me sienta más humilde.

Recuerdo haberme quejado, a mis escasos veinte años, de que quería escribir novelas pero no tenía ni idea de sobre qué escribir. Alguien me dijo entonces que Hemingway (por cuya obra no siento ningún interés, pero al que respeto por su grandeza como escritor), dijo que nadie debería escribir antes de cumplir 30 años. Intenté muchas veces escribir literatura de ficción, pero el proceso era un misterio para mí. Luego, ya con los cuarenta cumplidos, descubrí la historia de A'isha bint Abi Bakr y supe que había encontrado mi inspiración. Después de la inspiración empezó la parte de la transpiración. Durante cinco años, mientras trabajaba a tiempo parcial y (¡por fin!) obtenía mi título de licenciada, investigué a A'isha, Muhammad y la vida en Arabia en el siglo VII, y escribí una y otra vez "La joya de Medina" hasta completar un total de siete borradores.

Escribir no es lo único que hago. Soy una buena cocinera, una pianista clásica (o por lo menos intento serlo), madre de una fantástica hija adolescente, y estudiante de idiomas. Creo en los derechos humanos, en las soluciones pacíficas a los conflictos, en la protección del medio ambiente, en la libertad de expresión y en una espiritualidad con un único principio básico: que Dios es amor. Y después de todo el remolino que rodeó a mi libro en 2008, soy una creyente apasionada en el poder de la palabra escrita. Espero utilizar ese poder, como reza el viejo adagio, para el bien y no para el mal.